• Aldo Muñoz Castro

Hacia una nueva visión de la salud. (Parte 1/5)

Actualizado: 19 jul 2018

La salud se puede definir con base en el enfoque desde la cual se aborde. Un excelente artículo sobre el tema llamado “La salud y la enfermedad: Aspectos biológicos y sociales” (Kornblit y Mendes, 2000), tuve la oportunidad de leerlo en la maestría gracias a mi asesor de investigación. En él se explica cómo desde diferentes concepciones, se puede hablar de la salud y como a partir de éstas se le da un valor para el individuo y la sociedad. De todas estas ópticas surge una duda: ¿cuál es el punto de partida que todos los enfoques asumen?, es decir, ¿cómo ven la salud en esencia?


Desde lo que entiendo y pienso hay un error en la forma en que la salud se ha comprendido. Tiene que ver con dos hechos simples y altamente interrelacionados: Por una parte, la idea de la salud se ha generado desde la enfermedad. Es decir, la presencia de algo considerado como “no normal”, fue el motor que impulsó la búsqueda de soluciones con el fin de lograr regresar a la persona hacia lo que se consideraba como “normal”. La evidencia de esa presencia se manifiesta en los denominados signos, las pruebas visibles, tangibles, y a veces medibles, que indican al médico que el cuerpo estudiado y en atención está enfermo y debe de curársele.


Sin embargo, no solo los signos son los que determinan o dan pie a que el médico pueda diagnosticar. La necesidad de saber lo que sucedía dentro del cuerpo del enfermo y que no era posible ver, tocar o medir, llevó a tomar en cuenta la voz del paciente y abrir paso a su experiencia, me refiero a los síntomas. Se entró a un terreno más complejo porque las descripciones son expresiones de la forma en que vemos y vivimos el mundo. Por lo tanto, el reto fue poder encontrar constantes en las narraciones de los enfermos que permitieran reconocer la existencia de una u otra enfermedad o, en dado caso, la ausencia de la misma. Además, se hizo necesario desarrollar la habilidad de interpretar las diferentes explicaciones que hacían las personas con el fin de diferenciar entre una u otra enfermedad.


Ambos, signos y síntomas, tiene su origen en el dolor. El dolor son todas aquellas sensaciones desagradables que experimentamos y que indica que algo, dentro o fuera de nosotros, nos lastima. La congestión nasal, el malestar estomacal, la jaqueca, el vómito, la diarrea, una herida abierta, un ataque cardiaco, el mareo, un paro respiratorio etc., en todo ello, en un mayor o menor grado, el dolor está presente. Un cuerpo enfermo es un cuerpo que duele. Desde esta concepción de la salud, si no hay dolor, no hay enfermedad.


En esta totalidad que es la salud, compuesta por la salud y la enfermedad, por desgracia, se parcializó su visión y comprensión al dejar a la primera en el olvido por la necesidad de centrarse en la enfermedad (y en la búsqueda desenfrenada por quitar el dolor), lo vemos reflejado en la clásica definición del término: “salud es la ausencia de enfermedad”. El concepto habla de que la salud es el estado del cuerpo cuando en este no está presente la enfermedad, y por consiguiente, cuando no hay dolor. Es decir, el estudio de la salud se conceptualizó desde una idea sumamente limitada y focalizada solo a algo.


A través del tiempo, esto se comprendió y se generaron cambios, la actual definición, por parte de la OMS describe a la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Sin embargo, se continúa sin hablar sobre qué es la salud. Las consecuencias de esta visión en el imaginario de la gente, donde solo se nos enseña a ver la enfermedad, aún hoy impactan gravemente en la salud en general, y en particular, en la salud mental.


El segundo hecho, tiene que ver con la realidad y la forma en que se ha utilizado para contemplar y conceptualizar la salud. Debido a que la enfermedad es algo que aparece y rompe con “lo normal”, lo más tangible, lo más visible y lo tangible y visible para otros, es decir, lo que sería considerado como más real, dentro de la idea de la salud, es la enfermedad. El padecimiento es real cuando los signos y síntomas, el dolor, están presentes o su presencia es tan evidente que ya no se puede dudar de su existencia (hasta cierto punto del cual hablare más adelante). Entonces, los signos y síntomas se volvieron el recurso para identificar la enfermedad, pero nunca se utilizaron como indicadores de la salud. Se dejó, y hoy en día aún sucede, se deja de ver que la enfermedad no es esporádica, surge progresivamente y se manifiesta en muchas formas. Así mismo, se deja de ver que la salud se modifica con el paso de la vida.


Tenemos la tendencia a “normalizar” el mundo, es decir, lo que es algo constante, se vuelve normal, y lo que se normaliza se “deja de ver”. Hay cosas que emergen poco a poco y eso provoca que fácilmente las normalicemos. Tomemos como ejemplo la violencia en una relación de pareja. Todo puede comenzar con pellizcos, pequeños golpes, palabras, regaños etc. Pequeñas conductas que van creciendo a lo largo del tiempo, en fuerza e intensidad hasta llegar a los golpes. Cuando el hecho es muy evidente, como las cicatrices que una mujer golpeada tiene, es cuando nos damos cuenta de lo que siempre estuvo ahí, se hace real para los ojos del mundo.


El ejemplo anterior nos ayuda a entender porque es difícil saber que es la salud, porque solo la contemplamos, nos abocamos a ella y la buscamos regresar, cuando la enfermedad aparece. Nunca la vemos antes, nunca terminamos de entender que es en sí y como se vive. Manejamos estándares que nos dicen que no estamos enfermos, estándares originados por acuerdos que indican que estamos dentro de la norma, pero no manifiestan si realmente somos saludables o si nuestras acciones de vida nos conducen hacia ese camino.


Solo en el momento en que el médico, con su diagnóstico, por arte de magia, como si su acto fuera una acción de Dios (lo que explica parte del narcicismo que envuelve la profesión), hace oficialmente real la enfermedad ante los ojos del mundo. A fin de cuentas, para la ciencia más puritana, lo que es observable (lo que se puede percibir con los sentidos) y medible para muchos es lo que existe, es lo más real. Entonces, la persona sana, pasa por una rápida metamorfosis y ahora es una persona enferma, en cuestión de segundos. Grave error, porque esto ha empoderado en sobremanera a los médicos, pero además, se les ha cargado con un peso injusto de cuidar de la salud de nosotros a quienes se nos ha quitado la responsabilidad de prestarnos atención y cuidar de nuestro propio cuerpo.


Para aterrizar mejor a lo que me refiero, es necesario entender que, si la enfermedad se tiende a normalizar, la salud está aún más normalizada, de tal manera que la consideramos como el “estado natural” con el que nacemos y que nunca perdemos, hasta que enfermamos. No existe una verdadera educación sobre la salud, pensamos que estar en el lado donde el dolor no existe (o creemos que no existe porque no le hacemos caso), es estar sanos. No se nos enseña a reconocernos saludables desde nuestros propios cuerpos, a sentirnos desde él y no se nos enseña a darle el peso que merece al dolor, solo se nos enseña a no tolerarlo y quitarlo lo más pronto posible. En sí, solo se nos enseña a no enfermarnos.


Se nos dicen cosas tan absurdas sobre la salud como que la juventud es la etapa donde podemos hacer todo lo queramos porque “aguantamos”, como si la juventud fuera sinónimo de salud; en lugar de enseñarnos a que es una etapa donde nuestro cuerpo llega a un tope de capacidades y energía, pero que si no cuidamos ese cuerpo aunque sea muy vigoroso, el descuido se pagara en los años siguientes. Es tan evidente esto que me ha tocado escuchar frases de personas que dicen ¡cómo es que estás cansado si estás bien chavo, eso déjaselo a los viejos! Es decir, el imaginario social no concibe que un cuerpo joven, también se cansa, desgasta, tiene dolor y también enferma.


La salud es valorada por su ausencia, la enfermedad la hace resaltar, indicándonos que perdimos ese “estado natural”. Es por esto que la salud es algo que no vemos, que ignoramos y, lo peor de todo, no cuidamos. Es como un ser querido que fallece, al ser alguien constante en nuestro entorno, dejamos de notarlo y valorar la importancia que tiene para nuestra vida. Al momento de su muerte la persona toma un valor que jamás antes tuvo, todo se origina a partir de su ausencia. Las cosas toman importancia regularmente cuando las perdemos, como la salud. Cuando perdemos eso que teníamos y que nunca notamos que teníamos, es cuando queremos volver a tenerlo. Sí, así de absurdo es cómo vivimos la salud.


(1/5)


Aldo Muñoz

Psicoterapeuta

aldo@aldomunoz.com



23 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo