• Aldo Muñoz Castro

Haciendo contacto con la realidad

Actualizado: 21 sept 2018

Este lugar donde nací, crecí y vivo, desde el martes 19 de septiembre del 2017, desde las 13:14, ya no es el mismo.


La Ciudad de México le tocó vivir un suceso que transformó la vida de sus habitantes con un solo movimiento brusco de la tierra. Este lugar donde nací, crecí y vivo, desde el martes 19 de septiembre del 2017, desde las 13:14, ya no es el mismo. Al igual que en esta urbe, otros lugares del país, algunos desde días antes, su vida también se transformó. Por desgracia no tuvieron el mismo impacto social, ni el mismo impacto mediático, ni el mismo impacto nacional. Todo ello nos habla de un relegamiento social, cultural y económico, que ya sabemos que ahí está, sin embargo, aún no hemos sido capaces de resolverlo. Son lugares donde estamos, muy por desgracia, acostumbrados, en comparación a la CDMX, a verlos en una situación muy difícil.


Lo que escribo lo hago desde lo que he vivido siendo un “chilango”. Por ello aclaro que no deseo hacer a un lado, ni minimizar, ni ignorar, la vivencia y difícil situación en la que están otros compatriotas en estos momentos. Que a la Ciudad de México le tocará vivir un desastre y una catástrofe de este tipo tiene implicaciones a nivel país y en la forma en que nos vemos como nación por el simple hecho de ser su capital, por ser la sede de sus poderes, ser una de las mayores urbes del mundo, ser el centro de una megalópolis y porque de nuevo fuimos víctimas de un terremoto. Por lo tanto, me es necesario hablar de todo lo que en mi experiencia vi, viví, reflexioné y que considero importante compartir en pro de aportar algo. Desde el joven, desde el ciudadano, desde el mexicano, desde el hijo, desde el hermano, desde el amigo, desde el psicólogo, desde el silencio, desde el dolor, desde la angustia, desde el miedo, desde la fuerza, desde la fe. Las palabras que escribo vienen desde la experiencia que trae consigo un evento de esta magnitud.


El título de este texto para mí no puede ser otro. La tierra se movió de tal manera que nos obligó a hacer “contacto con la realidad”. Porque eso que sentíamos seguro, el suelo, nos enseñó que es algo vivo que se mueve, se rompe, se fractura y se deforma; que tiene una dinámica propia, la de la naturaleza, la que erróneamente tendemos a ignorar. Error que es muy caro. Segundo. Porque reconocimos la importancia que tiene para nosotros que el suelo no se nos mueva, es decir, el valor de tener una base en la vida. La inestabilidad y el caerse es desagradable, no permite caminar, no permite construir, no permite vivir. Tercero. Porque nos hizo ver que nuestra idea de que “controlamos el mundo”, es una mísera fantasía. Cuarto. Porque nos hizo ver nuestro narcisismo. Nos sentimos pequeños e insignificantes en contraste a la grandeza que nuestro egocentrismo individual y colectivo nos ha hecho creer. Ni una, ni otra, es cierta. Tenemos, por tanto, la necesidad y el reto de ubicar el lugar que ocupamos en el universo y con los demás. No se trata sentirnos menos o más, arriba o abajo. Simplemente vernos en lo real. Quinto. Porque hoy, en el fondo de nosotros, sentimos lo que es la fragilidad de la vida y esa sensación ya no se quitará de nosotros. Quizá deje de manifestarse, se calle en otros momentos, pero ahí se quedará hasta el final de nuestra existencia, quedará reservada y reforzada en la memoria colectiva, y eso, no es para nada malo.


El contacto con la realidad es una de las cosas que más me ha gustado de lo que me han enseñado en mi formación como psicoterapeuta. Es, desde lo más literal de su significado, aterrizar los pies y plantarse en el suelo para que todo nuestro ser tenga presente que la vida sucede en el aquí y en el ahora. Estar en contacto con la realidad significa vivir la vida como es. Para alguien como yo, que sus necesidades lo han llevado a vivir mucho en la fantasía, uno de los retos de mi vida es estar en el aquí y ahora. No me mal entiendan, el mundo de la fantasía es importante, es donde la ciencia se crea y desarrolla, donde vemos posible lo imposible, donde se innova. Sin embargo, también es un espacio que puede ser falso, terrorífico y angustiante. En la fantasía también radica el pasado y el futuro, valiosos porque uno sirve de referencia y el otro de perspectiva. La cuestión es que si nos quedamos viviendo en la fantasía estamos olvidando que las acciones y las repercusiones se viven y suceden en el presente, que es el aquí y ahora, la realidad.


El mundo por su movimiento generacional y cultural centró su atención en los Millennials a quienes acusa de ser desinteresados, egoístas, poco conscientes, irresponsables, etc. Individuos que viven altamente desconectados de la realidad debido a que el mundo tecnológico creó un espacio donde la vida se vive, producto de la fantasía. Un lugar que en apariencia es la realidad o al menos a partir de estás generaciones, y en adelante, la han vivido como “su realidad”. Una pseudorealidad donde se fomenta ser otro distinto a quien se es. En el mundo tecnológico somos personas distintas a quienes somos realmente: Las que siempre lucen bien en las fotos, las que siempre sonríen, las que muestran lugares hermosos o momentos felices. Se deja a un lado, no solo lo desagradable de nosotros, si no, a nosotros. Las fotos ilustran mejor esto que expongo. Con una búsqueda simple, moviendo nuestra cámara, podemos vernos más delgados y diferentes a como somos en realidad. Esto produce una confusión, de entrada, en nuestra identidad y en nuestro autoconcepto. Como consecuencia se produce una confusión y distorsión en nuestras relaciones interpersonales. Pero el conflicto no inició con los millennials y tampoco es algo exclusivo de ellos.


Hace poco reflexionaba sobre mi vida y descubría que me sentía una mezcla entre la generación x, y la millennial, a la que en teoría pertenezco. De hecho, mi vida es una combinación de ambas que sigo intentando integrar. Por ejemplo, creo en la importancia de vivir la vida sin estar en un trabajo que me absorba y limite mi creatividad, pero a su vez, veo la importancia de ser productivo, construir y proteger mi futuro (algo que hoy veo que muchas generaciones posteriores no están tomando en cuenta). Entre ambos puntos estoy en constante búsqueda de lograr un equilibrio. Esta sensación, de estar entre dos visiones del mundo, terminó de tener sentido para mí cuando leí, hace poco, un artículo que habla sobre los nacidos entre 1977 y 1985. Se nos define como una generación con una identidad específica: los Xennials. ¿Otra división? ¡No es una mera ridiculez! La respuesta es un rotundo no y tiene una justificación perfecta. Las personas que nacimos en este rango de edad definido por 8 años vivimos particularidades que muestran sus consecuencias en el mundo actual y en las nuevas generaciones.


Los Xennial vivimos esta transformación abrumadora de un mundo tecnológico marcado por los teléfonos celulares. Mi recuerdo me lleva a mi primer celular en el año 2004, bastante atrasado para que fuera él primero. Tenía el juego de la serpiente como uno de sus máximos, junto con lo fantástico que era desplegar una tapa que al moverla hacia afuera dejaba al descubierto el teclado. Lo contrasto con mi presente y tener un teléfono de última generación que hace casi magia. Aparato mediante el cual pude ver y estar en contacto con lo que pasa a cada minuto posterior al sismo, algo que la gente que vivió el sismo del ‘85 jamás imaginó. Pero este hecho tecnológico no es el único que nos marcó. Nosotros somos la generación donde la realidad se complejizó y se rompió. Intentare explicar esto en términos concretos y simples. El tema de la realidad es algo que estoy intentado estructurar para abordarlo de una forma más completa y poder hablar de lo que está pasando con las nuevas generaciones.


El mundo de los Xennials es donde la realidad y la fantasía han perdidos los límites “claros” que los definían. Somos la generación que creció con la televisión en su vida como algo normal, porque antes el acceso a esta tecnología no le fue posible a todos. También, somos con quienes llegó a su auge tecnológico. La televisión, la fantasía de la televisión, comenzó a romper nuestra capacidad de contactar con la realidad, sobre todo debido a que nuestros padres, por diferentes motivos, dejaron que la televisión tuviera un gran peso en nuestras vidas, cediendo a ella parte de sus responsabilidades. Ese rompimiento se alimentó, además, con los videojuegos, el cine, los celulares. Solo un evento como un terremoto, podía regresarnos a lo que realmente es lo real. El 19s no hizo contactar de nuevo con la realidad y deseo que esa chispa no se pierda. Tenemos en nuestras manos una gran oportunidad de virar el camino que estamos tomando y vivir una vida de verdadera calidad.


Se ha argumentado de forma muy narcisista que los millennials (y agregaría que los xennials) demostramos, con el terremoto, no ser como, hasta ese momento, el mundo decía y creía que éramos. Digo que es narcisista porque es una afirmación sumamente inflada y absurda. Inflada porque eso es lo que hace el narcisismo cuando lo necesitamos, engrandecemos nuestro “yo” para sentirnos mejor porque en el fondo nos sentimos frágiles, débiles o vulnerable. En este caso, después de un golpe como el que vivimos es natural que nos agarremos de lo que sea para salir adelante. Pero es peligroso. Puede dejar creencias sociales erróneas, como la idea del mexicano que siempre ayuda o que las cosas ahora si van a cambiar. Ideas que no niego que tengan una parte de realidad. Ese sentido de hermandad, del que se habla, nació en el 85, con el sismo, pero tampoco es como se pretende vender o hacer creer. Por otro lado, la idea de que ahora si viene el cambio que necesitamos y será ejecutado por los jóvenes, es muy cuestionable. En general, esos ideales que se construyeron nacieron de necesidades (del pasado individual e históricas como nación) no resueltas y de la crisis que generó el sismo. La muestra está en cómo con el paso de los días, la amabilidad y buena voluntad que hubo antes ha ido decreciendo; algo totalmente natural.


¿Por qué atacó estas ideas? Porque pueden generar lo que está provocando: decepción. Surge a consecuencia de las altas expectativas (a veces irreales) que no se cumplen. Expectativas derivadas de un momento de crisis, factor que distorsiona nuestra visión del mundo en un punto dado. Por ejemplo, como el no entender que tenemos un sentido de unión y de ayuda hacia otro, pero solo aparece en momentos particulares cuando la causa es común “a todos”. No podemos esperar que esto sea una constante, ni que esto sea el parteaguas para cambiar de golpe todo lo malo de nuestro país, aunque cada cosa que pasa es importante y aporta. Por esto insisto en la necesidad de ver la realidad, porque no es conveniente salir de una fantasía y llegar a la realidad para terminar subiéndonos a otra fantasía. La invitación es a seguir con un camino de construcción sobre lo real.

 

“Absurdo” fue la otra palabra que use para describir estos mitos, de los cuales he leído ideas tales como que “los millennials (y xennials) salieron a las calles a tomar el país”, “demostraron no ser una generación mediocre”, “dejaron la apatía”. Ideas que muestran que la sociedad tiene muchas expectativas depositadas en los jóvenes, que derivan del mito de la juventud (espero pronto escribir sobre ello), dentro de él se engendró la estúpida idea que la juventud es el futuro de México. Es injusto que se nos cargue ese peso a los jóvenes e irreal porque las acciones se hacen en el presente y en nuestro presente no solo los jóvenes existimos; todos somos el presente de este país y todos podemos aportar a este. La sociedad no ha entendido que han sido estas mismas expectativas irreales las que han provocado esta apatía en la juventud, porque es un gran peso el que nos han cargado por generaciones y ahí están los resultados.


Mi hipótesis es que, si vimos más jóvenes en acción, fue porque eran los que podían hacerlo en ese momento, porque además en nuestro país sigue existiendo una población mayoritariamente de jóvenes. Pudieron hacerlo porque no tenían la responsabilidad de cuidar a alguien (posiblemente por no tener hijos o familiares que dependieran de ellos) y porque justo los jóvenes tenían la fuerza que se requería para ese momento. En general, para mí, son absurdas estas idealizaciones porque es muy cierto que los jóvenes nos movilizamos para ayudar, pero mucha gente lo hizo. Seamos sinceros y reflexivos. Si alguien no reacciona ante un edificio que cae ante sus ojos, esa persona no reacciona ante nada, hablaríamos de alguien con un grave trastorno. La idea falsa fue pensar que en el sismo los millenials y xennials demostramos algo, más bien, el sismo provocó algo en nosotros. Es decir, era lógico, y no menos que esperable, la respuesta que hubo ante el siniestro. Es lógico y esperable que esto solo sea momentáneo y que no se dé siempre. Si algo se puede rescatar del sismo, y hay muchas cosas rescatables, es esto: El sismo hizo que, los xennial y todas las generaciones posteriores, volteáramos a la realidad como quizá nunca antes la vimos y nos conectamos a ella. Mi pretensión es que nos quedemos conectamos para el resto de nuestra vida. 

Encuentra los artículos de esta serie en los siguientes enlaces:

2da. Parte

3ra. Parte

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