• Aldo Muñoz Castro

Haciendo contacto con la realidad (3ra. parte)

Actualizado: 21 sept 2018


El trauma generacional

Algo que tengo absolutamente claro es que los sismos que vivimos son eventos traumáticos. Siendo una obviedad, lo que deseo destacar es la importancia de entender que esto generó un estado de crisis en muchas personas, es evidente la necesidad de que sea atendido como corresponde (hago una invitación a ello), pues seguramente mucha gente no tiene la consciencia de que están en crisis, sí, a pesar de que hayan pasado meses aún hay gente en estado de crisis. Pero además de lo anterior, es relevante entender que estos sismos cambiaron nuestra vida. De hecho, la vida siempre cambia, pero lo que sucedió con estos movimientos bruscos de la tierra fue que hicieron que nuestras vidas tuvieran un cambio drástico y evidente. Desde mi opinión, para la gente, en general, le es difícil asimilar los cambios. Esto tiene que ver con algo más allá de una natural resistencia, es la consecuencia de una forma de ver la vida donde, la búsqueda de constante placer y la evitación del dolor, nos llevan a no aceptar el movimiento natural de la vida. Es nuestra negación a la perdida.


Las imágenes, los videos, los audios del momento del sismo nos ayudaron para estar informados sobre lo que sucedía casi al instante de que los hechos se suscitaban. Una ventaja que permitió mover la ayuda a los sitios donde era requerida, pero también, nos hicieron vivir una sobrexposición a la realidad. Durante los días posteriores al terremoto, fuimos bombardeados por narraciones televisivas o radiofónicas incesantes desde los lugares en donde las consecuencias del suceso se vivían con mayor intensidad. Desde la mañana hasta la noche podíamos ver infinidad de canales de televisión “transmitiendo en vivo”, “antes que nadie”, “con el equipo más profesional”, “para que usted este bien informado”. El objetivo de fondo era el mismo: captar la atención de la población. Una perversa competencia por ver quien ganaba más espectadores, quien tenía la mejor noticia, quien narraba la historia más emotiva. No es nada nuevo.


Algunos colegas a través de los mismos medios hacían la invitación a los ciudadanos para no ver tanto tiempo la televisión debido a que no era emocionalmente saludable. Todo en la vida tiene ciclos, un estado de reposo o descanso es natural después de un tiempo de activación. Es posible exigir más a nuestro cuerpo de lo que acostumbramos, fue lo que hicieron muchas personas al prestar su ayuda, sin embargo, ello tiene consecuencias posteriores para nuestra salud. Las mismas consecuencias las pueden padecer las personas que llevan durante días viendo y escuchando sobre lo mismo. Algo que se repite constantemente, que no se suelta, que no tiene un fin, ni un cierre cierre, solo produce desgate emocional. Por eso lo delicado de enfrentar una situación así, por eso mismo, es algo sin sentido de tener que estar reviviendo lo mismo a cada minuto.

No es fácil darle cara al dolor, en primera, porque es algo desagradable y nuestra naturaleza nos demanda, en general, alejarnos de ello.

Me lo dijo mi querida supervisora de casos, “es necesario comenzar a hablar sobre el trauma generacional”. Significa reconocer que lo que vivimos es algo que nos marcó, que, aunque lo deseemos negar, cambio nuestra vida y que jamás podremos regresar al estado anterior en el que estábamos. Aunque de nuevo insisto, esto no tiene que ser algo malo. Es natural querer conservar lo que tenemos debido a que es lo evidente, en contraste a lo que “puede” venir para nosotros y que está envuelto por la incertidumbre de que se dé o no. Para que algo sea mejor en comparación a lo que teníamos solo se logra mediante un camino, haciendo frente al hecho. No es fácil darle cara al dolor, en primera, porque es algo desagradable (displacentero) y nuestra naturaleza nos demanda, en general, alejarnos de ello. Además, se hace más difícil porque en mi opinión, no se nos enseña a hacerlo, perdonen si soy repetitivo, pero como yo lo veo, no se nos educa para hacerlo y la cultura no lo fomenta, de hecho, nos incita a hacer lo contrario.


La invitación es a aceptar que, lo que vivimos, evidentemente nos marcó y dejó una herida que requerimos atender con nosotros y con las personas de nuestro entorno. Es una necesidad el sanarlo porque la herida sigue abierta para muchos, para otros esta cicatrizando, y quizá, para otros, ya cicatrizó, pero es un proceso que requiere tiempo y trabajo. Es tomar consciencia de que existió y que se quedó para siempre, porque la ciudad se levantará, las calles se pintarán y nuevos edificios aparecerán, pero el recuerdo jamás se irá de nuestra mente. Solo nos queda tomar la oportunidad que la vida nos trae. Se que es difícil pensar en oportunidades cuando hay personas que perdieron todo, créanme que no deseo ser insensible. Lo que la vida me ha enseñado en este punto es que es posible mejorar nuestras vidas a partir de un hecho trágico. Hay estudios que hablan de que no hay diferencia significativa en la percepción de la felicidad respecto a quien se saca la lotería, versus, las personas que perdieron una parte de su cuerpo. Esto que vivimos es una oportunidad, un regalo (sí, aunque suene raro, la vida da), para llevar nuestra vida hacia algo nuevo y mejor.


Los edificios que caen

Después del 19s, con el paso de los días, tuve la oportunidad, gracias a las redes sociales, de ver videos y leer artículos para informarme sobre cómo se vivió este hecho en los diferentes rincones de la Ciudad de México. Con ello pude reflexionar más sobre lo acontecido. Lo que llamó mi atención en diferentes videos que vi fue el impacto que tenía en la gente ver el movimiento de los edificios durante el sismo y, sobre todo, el miedo que se vivió al verlos caer. Atrajo más mi atención esto porque durante los días que preste algún tipo de ayuda me tocó pasar por una unidad habitacional de edificios altos pintados de amarillos con gris, ubicada en la colonia Cuauhtemoc, donde me quede perplejo. Me estremeció notar partes en las cuales el edificio esta dañado, pude observar que se veía el interior de varios departamentos a causa de los daños que los edificios presentaban. En el fondo noté mi miedo al estar en ese lugar.



Curiosamente, ese mismo día, en uno de mis frecuentes chapuzones en las redes sociales, note que mi primo posteó un video de esos edificios justo al momento del sismo. Me impresioné más. Ver como algo tan grande se tambaleaba como una caja de cereal que recibe un golpe, lo único que pude hacer ante eso fue asombrarme. Después de pensarlo mucho pude entenderlo mejor, en los edificios que se tambalearon y se cayeron ante nuestros ojos, lo que la vida nos recuerda es que somos un pequeño fragmento de algo mucho más grande.


Nuevamente esto nos lleva al título de esta serie de artículos. Los edificios que cayeron, que se desplomaron ante nuestros ojos, nos llevaron a hacer contacto con la realidad y dentro de esa realidad vimos la fragilidad de la vida. Vivir en edificios cómodos, con transporte práctico, con vías rápida, con alimentos a la vuelta de la esquina, con la tecnología en la mano que nos empodera, nos lleva a olvidar fácilmente que la vida es un delgado hilo que en cualquier momento se puede romper. Nuevamente la invitación es no olvidarlo, pero no para vivir con miedo todo el tiempo. La finalidad de tenerlo presente es que ese miedo nos ayude para cuidarnos, valorar a las personas de nuestro entorno y valorar lo que tenemos. Sobre todo, para vivir teniéndolo siempre presente, la vida fácilmente se puede acabar y que eso le de un matiz de mayor intensidad a todo lo que hagamos, a todos los “hola”, a todos los abrazos que demos, a todos los “te amo” que digamos.


Lo que el sismo nos dejó

Ante un hecho como el 19s, lo que nos tocó vivir fue el dolor. Por esta razón me alejo y me niego al pensamiento optimista, que nos quiere hacer ver lo trágico como hermoso. Lo que es, es. Si nos toca vivir el dolor y dentro de esto la tristeza, la desolación, la desesperanza, no hay más que vivirlo así. Un terremoto como el vivido nos hizo enfrentarlo a la fuerza, eso lo hace más difícil, porque no es grato ver a la muerte de frente, como no es grato olerla. Tampoco tenerla presente todo el tiempo, ni que nos robe el sueño, nos sofoque y nos tenga con miedo.



El sismo nos detuvo, rompió nuestra rutina, nos hizo sentirnos solos, desesperados, frustrados, incapaces. Lo que la mayoría deseaba era regresar ya a una normalidad, que como antes he expuesto, jamás va regresar. Nos esforzamos por negarlo, por pedir que no fuera real. Nos sumergimos por horas reviviéndolo. Vimos a mucha gente que, a través de sus videos, más que reportar, manifestaban sus emociones, desinformaban, distorsionaban, se quejaban y reclamaban. Para mí era incoherente que la gente le demandara y exigiera orden y organización al gobierno porque es imposible que en el caos exista el orden. Sin embargo, el reclamo tan agresivo de la gente hacia los gobernantes solo refleja un hartazgo de años de abuso y de transgresiones por parte de ellos hacia la gente.


Con lo anterior expuesto, es menos que imposible ver algo bueno de todo este suceso. Esto no es del todo cierto. La vida está hecha de polaridades, existe el día y la noche, el amor y el odio, la vida y la muerte. Sí, como dije hace unas líneas, lo que nos tocó vivir implicar una experiencia dentro de los desagradable (lo que es, es), pero cuando nos damos la oportunidad de ver la vida en totalidad podemos descubrir muchas más cosas, no es algo sencillo hacerlo. Ver la vida en totalidad significa poder ver los tonos blancos y negros, junto a los grises, que pintan las cosas.

No hay mucho que decir, si lo desagradable ya pasó, es buen tiempo para ver el otro lado y dejarnos asombrar de cómo la vida nos muestra muchos colores en cada cosa que hay. Es la oportunidad de repararnos y de seguir en el nuevo camino que la vida nos pone.

Es ver que la muerte estuvo presente como, quizá, nunca antes la vivimos y también ver que la vida se manifestó en la gente que se movilizó y en las personas que fueron sacadas de los escombros (en la muerte hay vida como en la vida hay muerte).  Es notar la tristeza que fuertemente sentimos por lo sucedido y notar la alegría que vivimos al saber que las personas que amábamos estaban bien. Vivir una sensación de soledad profunda y, a la vez, sentirse acompañado por la infinidad de personas que nos tocaron y que estuvieron con nosotros. Es decepcionarnos ante los saqueos y robos que hubo, y también, asombrarnos con la buena voluntad de la gente que dio su ayuda. Es aprender que la vida es frágil y que ello se vuelva un motor para vivirla con mayor intensidad y plenitud. Los mensajes ahí están, el reto es poder verlos.


No hay mucho que decir, si lo desagradable ya pasó, es buen tiempo para ver el otro lado y dejarnos asombrar de cómo la vida nos muestra muchos colores en cada cosa que hay. Es la oportunidad de repararnos y de seguir en el nuevo camino que la vida nos pone.


Las tortas y los chilaquiles

Durante los días posteriores al sismo estuve brindando mi ayuda por la delegación Cuauhtemoc. Fueron largas horas estando ahí presente a las afueras del SEMEFO, con la intención de apoyar a quienes les tocaba pasar un trago amargo al estar en la búsqueda de un familiar. Aunque pudimos ayudar a unas cuantas personas, fue realmente poco, a mi consideración y deseo, lo que hicimos. Gracias a un querido amigo logré conseguir una carpa, por esta razón decidí estar más tiempo el primer día hasta cierta hora de la noche. Cuando mis colegas preguntaron quien se iba a quedar, manifesté mi deseo de hacerlo y lo dije en una frase “me voy a esperar hasta que den chilaquiles”.


Hubo mucha gente que constantemente pasó dando tortas, de hecho, comí varias porque me parecía un buen y muy amable gesto. Fueron en realidad infinidad de personas que desfilaron brindando alimento para todo aquel que lo quisiera recibir. Era la manifestación de una necesidad imperiosa por hacer algo, de ayudar, de no estar inmóviles. Era ayudarse a sí mismos, mediante acciones en pro de los demás. Además, la comida, en nuestra cultura mexicana, siempre ha tenido un uso como medio para reconfortarnos, lo que explica por qué tanta gente amablemente daba alimento, era su forma de sanarse a sí mismos también.


Lo más interesante de todo esto, es que, al filo de la noche, dos personas llegaron con una enorme olla de chilaquiles. No fue fortuito mi comentario, regularmente en las fiestas, al final los anfitriones dan chilaquiles para que la gente se “la cure” (comenzar el proceso de recuperación de una excesiva ingesta de alcohol). Esto no era una fiesta, pero simbólicamente el objetivo era de cierta manera dar el cierre a algo que fue difícil, dar el cierre “de esta fiesta”, de comenzar a “curarnosla”. Obviamente cumplí y me acerqué a recibir los chilaquiles que gentilmente me dieron y con eso cerré mi día. Acto que se repitió al día siguiente.


Nuestra oportunidad

Hace meses, en el vanal mundo de Facebook bromea con el hecho de que, en los días posteriores al terremoto, la gente ahora si estaba buscando y creyendo en nosotros los psicólogos. Un querido amigo psicoanalista remataba la broma “a ver si sus coaches ontológicos los sacan de esto”. En la situación difícil que se vivió la psicología tuvo una oportunidad de mostrar que es y para que sirve. Fue un orgullo escuchar infinidad de espacios donde se ofrecía apoyo psicológico.

Es el momento de tomar esta oportunidad y trabajar para que los temas que están pendiente en nuestra profesión se encaminen a una resolución. Para pedir una mayor profesionalización de quienes trabajan en esta área.

Lo que quiero resaltar de esto es la oportunidad que tenemos de establecer el valor de la psicología para la sociedad. Es el momento de tomar esta oportunidad y trabajar para que los temas que están pendiente en nuestra profesión se encaminen a una resolución. Para pedir una mayor profesionalización de quienes trabajan en esta área. Establecer un claro marco normativo para quienes se dedican a la salud mental, para que se identifique y distinga de quienes, quizá con una buena intención, solo generan mala fama y desinforman.


Dejar claro que un buen psicólogo (especializado en la psicología clínica o en la psicoterapia) se mide realmente no solo por su conocimiento y preparación, que su propio trabajo psicoterapéutico es fundamental para su labor. Porque si no lo sabían, si, es una necesidad innegable que quien se dedica atender la salud mental de los demás, inicie haciéndola con la propia. Por tal motivo, aunque entiendo que muchos psicólogos jóvenes querían ayudar, la realidad es que querer ayudar no basta para hacer frente a una situación como la vivida con el terremoto. Por lo tanto, tampoco basta el alto grado de estudios. Para mi tiene que ver con ser honestos y reconocer que la gente quizá más preparada, es aquella que además de toda una profesionalización, se ha dado a la tarea de estar trabajando en su proceso personal (su propia psicoterapia). Algo altamente necesario y por desgracia poco cuidado en la psicología en México.

No creo que tengamos una oportunidad más grande que la que este sismo nos regaló para ser vistos y tomados en serio.

        No creo que tengamos una oportunidad más grande que la que este sismo nos regaló para ser vistos y tomados en serio. De nosotros depende que el valor de nuestra profesión sea claro y, permanentemente, incuestionable para la población.


Encuentra los artículos de esta serie en los siguientes enlaces:

1ra. Parte

3ra. Parte

Aldo Muñoz

Psicoterapeuta

aldo@aldomunoz.com

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