• Aldo Muñoz Castro

Juicios y clasismo.

Es una de las mejores anécdotas que tengo de mi vida. Era el 5 de enero del 2015, como parte de mi rutina me levanté temprano porque tenía una cita. La cita de siempre desde casi una década que, en aquel tiempo, se iba a cumplir unos meses después. Salía de mi casa para abordar el camión, un crucero trasatlántico que partía del norte de la ciudad de México, de la zona donde se ubica el IPN Zacatenco, y llegaba hasta el sur de la ciudad, su ruta concluía en Ciudad Universitaria. Era aproximadamente como, entre una hora y media, y dos horas de camino.


Para aquel entonces yo era un maestro del viaje en transporte público. Tenía el superpoder de dormirme en los camiones sin correr el riesgo de lastimarme ante un eventual frenón. En aquella ocasión no iba dormido, estaba reflexionando sobre quién sabe qué. Llevaba mi libro de Nelson Mandela “El largo camino hacia la libertad”. Así como el largo camino del gran Mandela, así como largo era su libro, así de largo era el camino que recorría hacia mi análisis (psicoanálisis).

El pensamiento derivaba de un entendimiento de que no era justo que los señalara negativamente por su apariencia, algo que con los años aprendí. El “no juzgar” tiene un valor con base en mi código de conducta.

A la altura de Plaza Lindavista abordaron dos personas. Yo venía sentado de lado izquierdo del camión, en el asiento junto a la ventana. El asiento a lado de mí, pegado al pasillo, venía vació. Del otro extremo, del lado derecho, no había asiento porque estaba la puerta para descender. Observé brevemente a las dos personas, en mi mente se formuló un pensamiento “estos parecen rateros”. Automáticamente, otro pensamiento arribó a mi mente consciente en forma de regaño sutil: “¡que manchado!, no los juzgues”. El pensamiento derivaba de un entendimiento de que no era justo que los señalara negativamente por su apariencia, algo que con los años aprendí. El “no juzgar” tiene un valor con base en mi código de conducta.



No era fortuito que pensara así, me han educado, como toda buena base social-moral formativa, la importancia del respetar a los otros. Además, mis experiencias de vida y mi profesión me enseñaron a tener esa sensibilidad. En mi paso profesional, tuve la oportunidad de interactuar con personas procedentes de todos los estratos sociales. Hice mi servicio social en un centro penitenciario y trabajé evaluando perfiles desde operativos hasta directivos. La premisa que aprendí fue que “juzgar es malo”, era algo que me lo decían en la carrera de psicología o así yo lo entendí en aquel momento.

Cuando yo juzgo, estoy, dentro de mi mente, colocándole características negativas a la otra persona. Por lo tanto, no estoy viendo al otro, veo lo que pienso que es el otro.

Terminé de comprender la idea porque los juicios a un nivel profesional, como psicólogo, no son útiles, nos llevan a dar un trato poco empático hacia los demás. Son una barrera para relacionarnos. Cuando yo juzgo, estoy, dentro de mi mente, colocándole características negativas a la otra persona. Por lo tanto, no estoy viendo al otro, veo lo que pienso que es el otro. Obviamente, es difícil que una persona logre algo benéfico al acudir con un psicólogo, si el psicólogo ni siquiera lo entiende. Al juzgarlo se le da, al consultante, un trato sesgado basado en suposiciones y no en hechos concretos. “Es que lloras muchos”, este es un ejemplo de un juicio que me contó una persona que acudió con un psicólogo. Imagínense el impacto que sería para ustedes escuchar esto de alguien que se supone que los ayudará y los comprenderá. No busco condenar a nadie. Recuerden que los psicólogos no somos perfectos y cometemos errores.

¿Cómo acompañar a que otros tengan claridad para su vida, si no lo hago para la mía?

El poder ver al otro más allá de nuestros juicios y comprenderlos es una de las cosas que nos distinguen a los psicólogos de otras personas que de forma simpática, dicen, desde sus profesiones u oficios, que “le hacen de a psicólogos”. Se lo he escuchado decir a taxistas, peluqueros, abogados, etc. La diferencia de los psicólogos con respecto a estas personas no se limita al hecho de estudiar la carrera. Un psicólogo profesional es alguien preparado, pero, además, ha trabajado consigo mismo mediante un proceso de psicoterapia. En la medida en que me conozco puedo reconocer que hago y como trato a los demás. Yo lo digo con esta frase: “como acompañar a que otros tengan claridad para su vida, si no lo hago para la mía”.


Con lo dicho antes, puedo explicar la razón por la que busco dejar de juzgar a la gente en general. Por este motivo es que, ese día, cuando viajaba rumbo a mi psicoanálisis, me pareció injusto discriminar a dos personas por su apariencia. Seré sincero, no recuerdo mucho de ambas personas. Quien se sentó a mi lado su edad rondaba por los treintas, acercándose a los cuarentas. La otra persona era un jovencito de no más de veinte años. Este joven se sentó en el asiento delante de mí. Mi viaje apenas iniciaba.


Continúe con mi meditación profunda en quien sabe qué tema, así que no estaba leyendo mi libro, de alguna forma, evite leer en parte porque tenía desidia y, por otra parte, porque algo me pidió continuar conectado a la realidad última. A la altura de avenida insurgentes y el cruce con la avenida 100 metros, un paso a desnivel, existe una desviación que permite acceder al paradero del metro La Raza. Unos metros antes y justo en este extremo comencé a notar cosas interesantes que me obligaron a prestar atención con mucha mayor fuerza.


Ambas personas comenzaron a moverse con ansiedad desde sus asientos. Debido a que en el paradero se hacen diferentes altos para el descenso de pasaje, no se notaba mucho este movimiento e interacción entre ellos. Yo lo noté porque estaba prestando atención total y por la proximidad que tenía con ellos. En este trayecto, me llamó la atención ver como el jovencito volteaba a ver a la gente en sus lugares, a la par, volteaba a ver al otro individuo, se comunican con miradas. La gente seguía moviéndose. Unos se recorrían hacia atrás, otros se levantaban de sus asientos, otros bajaban. No era cualquier día, era lunes y era un día antes de la llegada de los tan esperados, al menos así los vivía de pequeño, Reyes Magos.

Vi como el jovencito le pasó algo al otro tipo, era un arma. El asalto había comenzado.

El camión siguió avanzando, la ansiedad del jovencito fue aumentando, el intercambio de miradas fue creciendo, el movimiento de las personas en el camión fue descendiendo, salíamos ya del paradero. Circulábamos por un fragmento de avenida, no recuerdo su nombre, pero tiene un camellón y en este pasan las vías del ferrocarril. Cruza con Avenida Vallejo, es el punto donde se ubica el Centro Médico La Raza. Justo al pasar a lado de una gasolinería que ahí se encuentra, el jovencito se levanto de su asiento, a la par del otro individuo. Vi como el jovencito le paso algo al otro tipo, era un arma. El asalto había comenzado.


Varias cosas tomaron sentido, por ejemplo, el día. Al ser 5 de enero, un día antes del arribo de los Reyes Magos, es una época donde es pensable que se puede realizar un asalto. Al ser la última fecha de festejo de la época decembrinas, la gente anda con dinero. La comunicación entre ambos era entonces, un dialogo para ver en que momento actuar. La razón de la ansiedad del jovencito y sus miradas constantes, manifestaban su excitación corporal (lo que vulgarmente llamamos “emoción”) por el hecho que iba a realizar, entendí que lo que observaba era quienes tenían celulares. Sobre todo, entendí que mi juicio también tenía una razón. A nivel inconsciente detecté algo; sí, así de cabrón es el inconsciente, el mío me estaba previniendo de lo que iba a suceder. Por desgracia no le hice caso con la suficiente fuerza como para bajarme desde que ellos subieron.


Al levantarse ambos de sus asientos, el sujeto de mayor edad se fue a la parte de en medio para anunciar lo que creo que se volvió una pauta sociocultural debido al cine: “esto es un asalto”. Me causa risa debido a lo absurdo que suena que alguien te anuncie que te está asaltando y la importancia que a nivel cultural tiene el que lo hagan. En el presente estamos tan distraídos de la realidad que dejamos de entender los hechos que suceden en el mundo. Que amablemente alguien te diga que te va a “apañar” (así se dice coloquialmente en México) se valora. “Gracias”.


Este tipo se dirigió a la parte de en medio porque curiosamente, sin razón alguna, de la parte de en medio hacia delante el camión, estaba técnicamente vacío. La mayor parte de las personas que estábamos, veníamos en la parte de atrás. EL jovencito se acerco a unos chicos, que previamente vio, para arrebatarles su lugar. En ese punto, un hueco se generó. Unas chicas, y creo su padre, se bajaron porque estaban cerca de la puerta y nada se los impedía, venían del lado derecho del camión en los asientos de atrás.


También me causa risa. Después de que ellos descendieron y huyeron, todavía pensé en si hacía o no lo mismo. No tenía nada que me lo impidiera pues recuerden que uno de los asaltantes venía a mi lado y al levantarse, ya no había nada que me impidiera bajarme. Me da risa pensarlo y tener tan presente que lo pensé. Finalmente lo hice. Milésimas de segundo después de que las otras personas bajaron para escapar, hábilmente yo también bajé. Los Muñoz tenemos una bendición física de la naturaleza: la velocidad.


Soy un hombre delgado y a veces la gente me hace burla de ello, por cómo creo que han de verse mis piernas. Cuando la gente me ve correr nadie se ríe. Mis piernas delgadas solo representan eso, que son delgadas, cuando se ponen en acción son como dos remos poderosos, vuelo, es hermoso. Una vez, jugando beisbol conecté un “home run de campo”, el que más recuerdo, no saben la sensación tan fantástica que viví al hacer el trayecto desde “home plate”, hasta llegar de nuevo ahí. Lo hice perfecto, tanto así que, recibí comentarios de como corrí en esa jugada. Con ese simple recuerdo podría morir en paz, lo tengo tan grabado que me hace sentir feliz ahora. Si muriera en este instante, recordando esto diría: “mi vida fue genial”.


Fue lo que hice entonces, igual que en aquel juego de beisbol, en cuanto mis pies tocaron el piso, después de dar un salto para bajar del camión, volé. Seguramente con la intensidad con la que corría Forrest Gump “me hubiera hecho los mandados”. Me distancié lo suficiente y me detuve, gire mi cabeza para voltear atrás, no alcance a ver nada, solo escuche un balazo, estoy seguro de que así fue. Terminé de alejarme de ese lugar. Posteriormente busqué alguna noticia respecto al hecho, pero no apareció nada, eso me dio paz. Si no se publica nada en la nota roja es porque afortunadamente el suceso no pasó a mayores.


Salí de la situación. Se puede creer que salí victorioso del evento, que no me robaron nada, es un error. Quizá no me robaron nada físico, pero mi seguridad y mi tranquilidad me fue despojada. Creo que no he vuelto a hacer ese viaje desde ese día, una secuela del hecho. Sin embargo, ese no es el punto central de esta narración. Lo verdaderamente importante es decir que, en aquel evento, gracias a mi juicio, salí avante de la situación, sobreviví.

Sí, los juicios pueden salvar vidas. Un taxista, que una mujer puede juzgar por su apariencia, puede salvarla de un asalto y de una posible violación. Juzgar un lugar por su apariencia nos puede evitar que nos enfermemos por comer ahí.

Sí, los juicios pueden salvar vidas. Un taxista, que una mujer puede juzgar por su apariencia, puede salvarla de un asalto y de una posible violación. Juzgar un lugar por su apariencia nos puede evitar que nos enfermemos por comer ahí. Que un niño juzgue a un señor que le quiere ofrecer inocentemente una paleta de regalo, lo puede salvar de ser secuestrado. El punto es entender que, a la vez, los juicios, cuando son muy rígidos y vienen cargados de emociones negativas, nos pueden llevar a cometer acciones lastimosas como criticar, dar un trato despectivo o violentar a otro individuo. Hemos totalmente mal entendido como funcionan los juicios y les explicare ello en las próximas líneas.


Aldo Muñoz

Psicoterapeuta

aldo@aldomunoz.com



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