• Aldo Muñoz Castro

Un adiós es para siempre

Actualizado: 19 jul 2018

En los viejos tiempos, el decir “adiós”, significaba en verdad la posibilidad de no ver jamás y no volver a saber nada de alguien. Hoy en día, con la interconexión que tenemos es casi imposible que esto suceda.


En el pasado, la palabra "adiós" tenía un peso importante para quienes vivían la vida desde otra óptica. Me remonto a épocas en donde la conexión con los demás tenía restricciones y límites fuertes. Desde las dificultades para trasladarse de un lugar a otro, hasta las dificultades para comunicarse. Alguien que quería visitar a un amigo podía vivir una verdadera aventura solo para llegar a su punto de encuentro, lo que no garantizaba cumplir con su objetivo. Si por azares del destino la otra persona no podía llegar o se perdía, la dificultad en la comunicación, hacia imposible el poder avisarle al otro. Verdaderas tragedias se vivían por esto.

Para quienes se mudaban de un lugar a otro de residencia, el hecho se volvía un tremendo evento traumático debido a que se golpeaba una parte que es fundamental para los seres humanos, nuestras redes sociales. El término se usa diferente a como el groso de la población lo entiende. Una red social, desde la psicología, es todo ese conjunto de personas con las que tenemos una relación y que nos proporcionan cosas que ayudan a nuestro bienestar. Un rato de diversión, afecto, compañía, ayuda en momentos difíciles, apoyo económico, apoyo moral, orientación, etc.; las redes sociales son vitales por lo que nos dan.


Su construcción no es fácil, sobre todo para quienes les cuesta relacionarse. Por desgracia, y no es una coincidencia siniestra, quienes tienen una red social limitada son frecuentemente personas que pueden padecer algún trastorno mental, o padecen una enfermedad emocional, o tienen problemas graves de vida, o se les dificulta adaptarse. Para algunas intervenciones psicoterapéuticas se vuelven fundamentales su presencia, y más, hoy en día en que la familia y su dinámica se ha transformado tanto que ha tenido como consecuencia que la familia sea más pequeña (una red familiar reducida) o que ya no solo sea de sangre.


Decir adiós era una experiencia muy dolorosa en el mundo de hace años, esto porque verdaderamente significaba que ya no volveríamos a ver a esa persona de la que nos despedíamos. Como pasaba en las películas de antaño, los momentos más emotivos eran las despedidas, del viejo amor, de ese que ya no regresará, del que se perdió para siempre. Despedirse en el fondo no significa otra cosa que el inicio de un proceso de duelo. Sí, hablamos de las pérdidas. Cada vez que pienso en el perder me queda más claro que, en la vida son una constante que nos hemos negado a verlas como algo natural y solo las asumimos como un atentado hacia nosotros. Por tanto, se vuelve lo no deseable, lo que no se quiere. Esta forma de vivir las pérdidas nos ha provocado graves problemas.


Al momento de la partida de un ser querido, donde la muerte es la razón de la despedida, la familia del ser ausente se reúne para dar un último adiós. La causa por la que antes, en algunos lugares, los velorios duraban días, era para dar tiempo a que todo aquel allegado al difunto tuviera tiempo para enterarse, tiempo para llegar y poder despedirse. Este acto, siendo sinceros, es más para la persona que sigue viva que para quien parte, es una necesidad de los vivos sentir que se quedó resuelto todo asunto con aquel que se marchó. Cuando no es así, el peso emocional se puede arrastrar por años.

El mundo ha cambiado. Vivimos en un espacio revolucionado y modificado, en gran parte, en mi consideración, por el avance tecnológico derivado de los teléfonos móviles. El subproducto derivado de estos, las redes sociales (ahora si hablo de las aplicaciones), es el último giro de tuerca de esta transformación. Todo este movimiento humano a modificado la forma en que nos despedimos y cerramos ciclos. De hecho, creo que está dificultando el que lo podamos hacer. Con esto que comienzo a exponer no deseo satanizar las redes sociales. Claro que hay un lado negativo, un ejemplo específico, está en los sucedido Sarahah. La posibilidad de dejar mensajes de forma anónima tuvo como resultado que mucha gente se dedicará a realizar ataques. Sin embargo, las redes sociales también nos han dado la posibilidad de enriquecer nuestras redes sociales (me refiero al término psicológico).

               

Como expuse antes, en los viejos tiempos, el decir “adiós”, significaba en verdad la posibilidad de no ver jamás y no volver a saber nada de alguien. Hoy en día, con la interconexión que tenemos es casi imposible que esto suceda, quienes no son poseedores de redes sociales llegan a ser la excepción. Por un lado, esto nos enriquece, porque nos permite reencontrarnos con personas o estar en contacto con otras, sin importar la distancia que exista de por medio. Por el otro lado, nos conduce a no ser capaces de tener separaciones sanas con las personas e incluso fomenta el acto denominado “stalkear”.

               

Me sorprende como el alcance de la tecnología traspasa hasta lo profundo de la humanidad. Hoy en día decir “adiós” es diferente. Amigos que se mudan a otros países, cambios de trabajo, fines de ciclos de estudio (fin de la preparatoria o universidad), etc., en el altamente tecnológico mundo actual, si nuestro deseo es hacerlo, podemos seguir en contacto con las personas que han formado parte de una etapa de nuestra vida y eso no es menos que maravilloso porque nos enriquece. Con esto que escribo, no pretendo generar una negación hacia las perdidas, pero si resalto el hecho de que, en el mundo de hoy, “un adiós ya no es para siempre”.

               

Del otro lado de la moneda, al ser más fácil estar en contacto, trae como consecuencia una auténtica dificultad, de cómo ya dije, separarnos de los demás. Es innegable que las conexiones emocionales que tenemos las personas son complejas. Vivir la pérdida de una pareja, en la actualidad, se hace más difícil cuando estamos conectados por redes sociales, porque implica amigos en común, actividades, recuerdos, etc. Esta interconexión nos hace que no podamos “soltar al otro” o que el otro “no nos suelte”.


Es no vivir nuestras pérdidas, congelarlas o dejarlas pendientes. Situación que puede ser muy perjudicial para alguien, porque hace que los límites se rompan, que no exista un espacio de reflexión donde el dolor se viva, donde se aprenda y, además, se rompe con la posibilidad de cambiar y crecer. Tenemos ante nosotros un auténtico reto, el comenzar a trabajar sobre las formas en que las personas puedan cerrar sus ciclos y caminar en su vida, el reto aumentará, porque la tecnología sigue avanzando y cada vez estamos más interconectados.

               

La invitación es a dar pie para vivir nuestras pérdidas, aunque ya no sean para siempre, con mayor razón, no hay que caer en el espejismo de que tenemos todo y de que todo se conservará siempre igual. 


Aldo Muñoz

aldo@aldomunoz.com

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